2 de septiembre
Simeón Estilita, el Mayor
Estilita, hacia 390 – 459

Había empezado
su vida apacentando ovejas en Cilicia, naturalmente al ras del suelo, pero cuando
contaba con trece años de edad, Dios le envió una señal y de inmediato ingresó
en el monasterio del abad san Timoteo.
Pronto aprendió el salterio de memoria y ya no quería separarse de él. Fue inútil que sus superiores le explicaran que, puesto que ya lo había memorizado, no había razón para no devolver el libro, que podía resultar de utilidad para otros hermanos: nuestro santo se había empecinado. Los monjes no tenían idea de hasta que alturas –literalmente– podía llegar su obstinación y acabaron expulsándolo del convento.
Simón pasó entonces al monasterio del abad Heliodoro, en el que la vida era más ascética, pero no tanto como él hubiera deseado. Cuando los demás comían una vez cada dos días, él lo hacía apenas una vez a la semana. Con hojas de palmera fabricó una tosca cuerda que enlazó en torno a sus desnudas caderas y que con el tiempo le produjo una úlcera maligna que tuvo que ser desprendida de la carne mediante un cuchillo. Tras este incidente fue despedido y se retiró al desierto.
Ahí, dentro de un absurdo cubil sin tejado, que no lo protegía ni del
sol ni de las
tempestades, se hizo unir a una piedra mediante una cadena de hierro. Melecio, obispo de Antioquía, lo reconvino
diciéndole que únicamente los animales necesitaban tales cadenas: el hombre
debía confiar en su buena voluntad y pedir gracia al cielo. Acto seguido,
Simeón mandó ser liberado de sus cadenas y se emparedó junto a un jarro de agua
y diez panes. Al cabo de cuarenta días los fieles derribaron la pared y lo
encontraron inmóvil, tendido en el piso, junto a los diez panes y la jarra,
intactos. Pronto aprendió el salterio de memoria y ya no quería separarse de él. Fue inútil que sus superiores le explicaran que, puesto que ya lo había memorizado, no había razón para no devolver el libro, que podía resultar de utilidad para otros hermanos: nuestro santo se había empecinado. Los monjes no tenían idea de hasta que alturas –literalmente– podía llegar su obstinación y acabaron expulsándolo del convento.
Simón pasó entonces al monasterio del abad Heliodoro, en el que la vida era más ascética, pero no tanto como él hubiera deseado. Cuando los demás comían una vez cada dos días, él lo hacía apenas una vez a la semana. Con hojas de palmera fabricó una tosca cuerda que enlazó en torno a sus desnudas caderas y que con el tiempo le produjo una úlcera maligna que tuvo que ser desprendida de la carne mediante un cuchillo. Tras este incidente fue despedido y se retiró al desierto.
Ahí, dentro de un absurdo cubil sin tejado, que no lo protegía ni del
Luego de este episodio, la fama de Simeón creció de manera formidable y mucha gente acudía a él toda vez que mediante su bendición curaba las enfermedades más resistentes.
A fin de evitar
las molestias que le ocasionaba la multitud mandó erigir una columna de seis
metros y sobre ella pasaba día y noche, en ayuno y oración. Pero esto no hizo
más que aumentar la fe de los creyentes y la curiosidad del populacho, que tomó
al anacoreta como motivo de esparcimiento y destino turístico.
Simeón aumentó
entonces la altura de su columna primero a doce, mas tarde a veinte y
finalmente a veinticinco metros, y redujo su superficie hasta tal punto que
sobre ella no podía tenderse ni sentarse. Sólo un palo en su espalda le
permitía al menos pasar la noche apoyado y una vez a la semana recibía lentejas
ablandadas y la sagrada comunión.
Y así transcurrió los siguientes treinta y cinco años hasta que el Señor decidió al fin librarlo de una existencia tan inútil.
Es patrono y protector de los pastores de ovejas, que vigila desde lo alto.
Y así transcurrió los siguientes treinta y cinco años hasta que el Señor decidió al fin librarlo de una existencia tan inútil.
Es patrono y protector de los pastores de ovejas, que vigila desde lo alto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario