18 de septiembre
José de Copertino
Franciscano, 1603 – 1663
Pobre, viuda y
cargando con un niño inútil y canijo, era una mujer llena de resentimiento que
aplicó a José el doloroso mote de “boccaperta”, debido a su costumbre de
llevar permanentemente el belfo caído, como los imbéciles y los Borbones. Sin
embargo, nuestro santo pudo mostrar sus cualidades ya desde pequeño, cuando
durante la misa se sumía en éxtasis acompañados de levitaciones cada vez más
frecuentes.
Luego de ser
rechazado por los capuchinos, José consiguió ingresar como sirviente a la orden
de los franciscanos, lo que lo emocionó tanto que envió a su madre su ropa
interior completa asegurando que todo lo que le bastaba era su hábito. Esto
podrá parecer una insignificancia, pero en tanto José seguía con su costumbre
de
elevarse por los aires, debió provocarle algunos inconvenientes.
De acuerdo a sus
biógrafos, existen más de cien vuelos atestiguados de san José de Copertino.
Permanecer varios minutos suspendido sobre el altar mayor era para él cosa de todos
los días y en cierta oportunidad ayudó a los trabajadores a colocar una
gigantesca cruz sobre el campanario, donde luego permaneció durante varias
horas.
Sobre sus
levitaciones informó también el virrey de Nápoles, contando que en la iglesia
de Asís, tras hacer una genuflexión ante el sagrario, José exclamó su habitual
“¡Oh!” y con los brazos extendidos voló unos diez pasos largos hacia el altar
para abrazar a la estatua de la Purísima, por quien sentía una especial
devoción. Allí permaneció por espacio de cuatro credos, hasta que su superior
lo llamó. José descendió volando otra vez al suelo y se alejó con timidez y en
silencio.
Su don no era
ordinario, ni siquiera para esos tiempos, circunstancia que unida a su
costumbre de ejercerlo en medio de desasosegado llanto que de buenas a primera
trocaba en carcajadas nerviosas, lo hacía ver un tanto sospechoso a los ojos de
las autoridades.
Dos veces fue
víctima de averiguaciones por parte de la Inquisición sin que se
hallara en él herejía o falta de veracidad alguna, pero por precaución sus
superiores lo fueron trasladando a monasterios cada vez más apartados. Su
último destino fue Osimo, cerca de Ancona, donde rodeado de los otros hermanos,
músicos como él, remontó su último vuelo.
Patrono de los
astronautas, los zapateros remendones y los pilotos de guerra, se lo recomienda
para la conversión de los pecadores muy obstinados.
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