lunes, 10 de marzo de 2014

10 de marzo

Anastasia Patricia



Virgen, m. hacia 600
Bellísima dama de la corte de Constantinopla, enamoró locamente al emperador Justiniano, quien sólo tenía ojos para ella, desatendiendo los asuntos de Estado, a las otras damas y hasta a su propia esposa Teodora. A fin de apaciguar los celos de la emperatriz, Anastasia partió para Alejandría, donde fundó un monasterio.
En 584, al morir Teodora, Justiniano mandó a buscarla, pero ella escapó hacia el desierto de Escitia disfrazada de hombre, instalándose en una gruta no muy alejada de la comunidad de monjes del abad Daniel. Permaneció escondida y, puesto que le era imposible disimular la voz, emergió a los seis meses convertida en Anastasio el Eunuco, personalidad bajo la que vivió como hombre durante los siguientes 19 años.
Cuando se sintió morir, pidió al abad Daniel la asistiera en su último trance. El religioso la sepultó en la gruta y reveló a la comunidad quién era el eunuco y cómo había preferido ser un hombre pobre, piadoso y soltero antes que una mujer noble y rica casada con un emperador bizantino.
Cuestión de gustos, pensó la comunidad de monjes.
Comparte su día con el papa Simplicio, martirizado por los
teólogos, y con los cuarenta santos mártires de Sebaste, integrantes de una legión romana estacionada en Armenia que rehusaron realizar ofrendas a los dioses. Fueron condenados a permanecer desnudos sobre un estanque helado, expuestos al frío invernal y viento del norte, aunque lo suficientemente cerca de baños de vapor y habitaciones muy caldeadas ideales para apostatar. Al tercer día, uno de ellos flaqueó y corrió hacia el baño caliente, pero apenas traspuso la puerta se desplomó muerto, fulminado por un rayo. Si bien los guardias dedujeron con mucha lógica que éste había sido lanzado por Júpiter, tocado por una revelación uno de los centinelas se arrancó las ropas y exclamó: “¡Yo también quiero ser cristiano!”, gracias a lo cual los mártires siguieron siendo cuarenta.

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