miércoles, 24 de julio de 2013

25 de julio

Carmen Sallés



Fundadora, 1848-1911



Tenía apenas seis años cuando Pío ix promulgó el Dogma de la Inmaculada Concepción, que, al igual que todo el orbe católico, la niña vivió con gran intensidad y sin comprender de qué se trataba, al igual que todo el orbe católico.

Cuatro años después, en Lourdes, fue la mismísima Virgen quien con sus propios labios confirmó la validez del dogma. Carmen quedó tan impactada que, meses después, durante la peregrinación familiar a Montserrat tomó su primera comunión y confesó a Jesús que de ahí en más sería toda para Él, nada más que para Él y solamente para Él. Dicho y hecho: rompió el compromiso matrimonial arreglado por sus padres en forma algo prematura e ingresó en el noviciado de las Adoratrices, especializadas en recuperación de mujeres alcohólicas, delincuentes y prostituidas.

Su inquietud y su capacidad de razonamiento la llevaron a preguntarse cómo habrían sido aquellas mujeres si la sociedad les hubiese dado otras oportunidades. No encontrando respuesta, decidió dedicar su vida a la formación de las mujeres antes de que llegaran a hacerse alcohólicas, delincuentes y putas, por lo que fue acusada de llenar de vanidad la cabeza de las mujeres destinadas a ser alcohólicas, delincuentes y putas, pero cristianas.

Fue entonces que, confiada en el Señor más que en sí misma y acompañada de sus compañeras Candelaria Boleda, Remedios Pujol y Emilia Horta, inició una nueva congregación, llamada en un primer momento Concepcionistas de Santo Domingo, hoy conocidas como Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza.

Murió en Madrid, a los 63 años, un día 25 de julio, habiendo gastado, desgastado y malgastado su vida al servicio de la formación cristiana de las mujeres en un tiempo en que proliferaban las ideas laicistas y anticlericales que llevaban a las mujeres al alcoholismo, la delincuencia y la prostitución ateas.

Fue su lema: “Dios proveerá”.

Comparte su día con Glodesindis, abadesa de un convento en Metz durante el siglo iv, con el joven Teodomiro, monje martirizado por los sarracenos en Andalucía, con Magnerico, ornato y joya de la Iglesia, y con la víctima del comunismo María Teresa Kowalska, quien en 1923 ingresó en las Clarisas Capuchinas con la intención de reparar la culpa de su familia que, contagiada de ateísmo, había emigrado a la flamante Unión Soviética. No lo consiguió: un 25 de julio de 1941, Dios la llevó a su lado luego de internarla en el campo de concentración nazi de Dzialdawo.




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